De regreso de ninguna parte,
tras esa carretera que guiaba otros caminos,
ruge el cielo reclamando su presente
como una marejadilla vacía y mañanera.
Articulando los espejos, desdibujándose,
un ahínco incongruente consigo mismo
racanea hábilmente los viejos monasterios
que gestaban alienígenas en sus manos
y largas caravanas de roturas en los ojos.
Enfrente un verde difuso
como aquel recurso infumable
en que los naufragios se fraguaban
y lo acaecido era otro verbo inútil
que traía como espumas helénicas
dolores inermes de antiguas súplicas.
Estrellas que alcanzar
Hace 6 años
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