Tras la ventana, los comensales no se miran a los ojos. Sólo repiten frases hechas que escucharon en su día, mirando la televisión. Hoy ya nada les importa y aquellas risas se han ido quedando cada vez más en el olvido.
Se miran las manos. Están todavía sucias de mentiras. O de creencias de mentiras. Recorren, a veces, sin querer su cuerpo, cómo recordando viejas caricias, cómo calmando viejas heridas.
Ya no hay rencor, se han dicho. Pero no se miran a los ojos. Quieren estirar las manos, rozarse, se contienen.
Hoy no será el día que soñaron. Ni siquiera se dan dos besos al despedirse.
De profundis...
Hace 10 meses


Ciervamente, hay palabras que sobreviven lo largo y ancho del tiempo. Me congratulo en saber que seguimos vivos y con buen gusto!
ResponderEliminarUn abrazote!