Volver con la frente hirviendo de fracasos y derrotas
buscar el dulce sueño que es escaparse
donde nadie, o casi nadie, llega,
y...
Aguantar la sonrisa un poco más, por este segundo
en que podría haber dejado de esperar, pero...
Estirar el silencio por no romperlo por siempre
y que no doliese la herida,
pero...
No saber otra cosa, no haber comprendido
que el juego no era éste.
Esperar tan poco sin saber nada.
Querer fuera lo que no hay dentro.
Vivir sin saber,
o sin saberlo.
Y creer que fue la ausencia o el silencio,
esa falta de cielo por la noche
y no esa nada cotidiana, ese vacío horrendo
que era conducir al infierno a mediodía
y regresar con dolor y no con risas,
ese saber que el amor de los solsticios
era un asunto pasajero
y la realidad un puñal incandescente
que atraviesa los deseos como óleos no pintados.
Y llorar sin lágrimas en dirección equivocada,
mirando lo pequeño, lo que parecía.
No hubo brillo entonces, no lo ha habido
para las sonrisas y las palabras.
Y ahora, siendo sueño el mediodía
las vigilias se eternizan a cada segundo.
Esta paz no es la que había.
Pero no quedan ya en el cielo
nada que ilumine.
Solo la sombra de la luz
y la rabia hacia las nubes.
Pobre daimyo sin bushi
apenas hinin casi eta
que nunca aprenderán bugei
aunque tengan alma de shugenja.
Y por mucho que se diga: Gomen kudasai,
al fin y al cabo, es imposible ser un iwanomi
y que los kappa no se te asienten en el regazo
para robarte el sochu.
Es duro el doro del gaki,
y el fugu, como siempre, escaso.
Mejor buscar un doshi
con quién combatir el baku.
Amanecer siempre tardío, prolongado absurdamente
con la vana esperanza de que un rato después sea más tarde
y el esquelético tiempo oree las horas inútiles
llevándose con él las nadas y las lágrimas.
Hablar quedo y breve, lejos ya cualquier entusiasmo,
mirando hacia la salida, o hacia abajo,
según quede más próximo,
engañándose:
Mirando atrás de reojo.
Sin mirar hacia atrás, por si acaso,
la lluvia desliza entre los hombros
un rasgante asedio de banalidades
que agrupan en su eco un hedor
tan inconsútil cómo inefable.
No hay viento en noches como estas
siquiera vuelve sobre sí mismo
el recoveco aquél en que figuraba
el pendón insaciado de lo cámbrico
que fructificaba incondicionado por el uso.
Al final cae el telón y el cartón piedra
se amontona súbito
creando poso.
No hay otra cosa:
Un poco de precinto,
una barba de algodón,
una sonrisa pasajera:
Eso soy yo.
Más allá de ésto
¿Qué me queda?
¿Las piernas cruzadas,
los brazos apretados,
la obsolescencia por sistema,
las manos rotas de culpa,
la mirada ya nunca límpida,
fija
únicamente en la ´caída?
¿Imaginar el pasado que fue,
no el que pudo,
lo divergente
de éste momento único,
de aquél momento único
en que busqué el final
dónde no correspondía
y no saber ya
hacer otra cosa?
Y ahora
lo que queda
si es que queda algo:
Un hilo de lana
tan exiguo,
un presente
en otra parte,
no sé dónde.
Miro al cielo.
Miro al suelo.
Reflejos a reflejos
cenizas a cenizas
nada detrás
nada delante.
Un día más.
Otro igual.
No hay placer que sea malo en sí mismo. Lo que es malo son las desagradables consecuencias que puedan resultar si no se usa la cabeza cuando se decide qué placeres perseguir y cuáles evitar.
Epicuro 341-270 a.c.
Lo que pudo existir brilla un instante, Luego deja sus sombras marcadas para siempre, Fue tiempo de soñar, y sin embargo Estaban ya las cartas repartidas. (Luís García Montero. Habitaciones Separadas)
Tú no eres como los demás niñ@s -decía mi madre- Y si no puedes sobrevivir en este mundo, mejor será que te construyas uno propio. (J. Winterson)