lunes, 11 de enero de 2010

Después del cielo

Cautivo y desarmado
no sabe cómo seguir
quién lo tuvo todo.

No sabe, no quiere, no puede.
No importa.
Todo acaba,
menos él.


99 luftballons

Vacío, nada más vacío.
Mi casa, mi cama, mi alma.

Respiro aires distantes,
vanos.

Todo lo efímero se vuelve y me mira:
Yo.

Hay un círculo, o una loma.
Una hora mágica, una hora trágica.
Mil y una puertas.
Ninguna ventana.

¿Qué compensa?
Está rota la balanza.

Vacío, todo vacío.
Nada calma, nada llena.

Aberrante, absurda, la vida
sucede en otra parte.

Ni verla, ni mirarla.

sábado, 9 de enero de 2010

Ab urbe condita

Volver con la frente hirviendo de fracasos y derrotas
buscar el dulce sueño que es escaparse
donde nadie, o casi nadie, llega,
y...

Aguantar la sonrisa un poco más, por este segundo
en que podría haber dejado de esperar, pero...

Estirar el silencio por no romperlo por siempre
y que no doliese la herida,
pero...

No saber otra cosa, no haber comprendido
que el juego no era éste.
Esperar tan poco sin saber nada.
Querer fuera lo que no hay dentro.
Vivir sin saber,
o sin saberlo.

Y creer que fue la ausencia  o el silencio,
esa falta de cielo por la noche
y no esa nada cotidiana, ese vacío horrendo
que era conducir al infierno a mediodía
y regresar con dolor y no con risas,
ese saber que el amor de los solsticios
era un asunto pasajero
y la realidad un puñal incandescente
que atraviesa los deseos como óleos no pintados.

Y llorar sin lágrimas en dirección equivocada,
mirando lo pequeño, lo que parecía.
No hubo brillo entonces, no lo ha habido
para las sonrisas y las palabras.

Y ahora, siendo sueño el mediodía
las vigilias se eternizan a cada segundo.
Esta paz no es la que había.
Pero no quedan ya en el cielo
nada que ilumine.
Solo la sombra de la luz
y la rabia hacia las nubes.

viernes, 8 de enero de 2010

Elegía sin dioses

No hay descanso eterno
solo ojos cerrados,
solo tacto gélido.

No es un sueño
solo suspiro postrero
y la nada.

Es aquí dónde se duerme
es aquí dónde se sueña,
y se imagina una promesa.


Al otro lado del cristal
está todo lo que hay después.

Antes hubo tanto...
Antes hubo mucho.
Y si algo queda
es lo que no habrá más.



jueves, 7 de enero de 2010

Del gempukku al seppuku en diez lecciones (y sin pasar por la casilla de salida)

Pobre daimyo sin bushi
apenas hinin casi eta
que nunca aprenderán bugei
aunque tengan alma de shugenja.

Y por mucho que se diga: Gomen kudasai,
al fin y al cabo, es imposible ser un iwanomi
y que los kappa no se te asienten en el regazo
para robarte el sochu.

Es duro el doro del gaki,
y el fugu, como siempre, escaso.
Mejor buscar un doshi
con quién combatir el baku.


miércoles, 6 de enero de 2010

¿Qué le pasa a Jack?

Amanecer siempre tardío, prolongado absurdamente
con la vana esperanza de que un rato después sea más tarde
y el esquelético tiempo oree las horas inútiles
llevándose con él las nadas y las lágrimas.

Hablar quedo y breve, lejos ya cualquier entusiasmo,
mirando hacia la salida, o hacia abajo,
según quede más próximo,
engañándose:
Mirando atrás de reojo.

Esperar ya nada, ir llenando huecos,

todo burbuja alrededor, todo intocable,
todo distancia, todo tan afuera...

Y vivir, o lo que sea, sobreviviéndose,
arrastrando silencios y deseos
esperando milagros imposibles,
ansiando que vuelva el sueño
o que se vaya
o lo que sea.


Vida inútilmente hambrienta

Que no bastaba el paso
o no se supo dar
hacia la dirección correcta.
Ya no importa.

Sólo queda
quedar solo.

Solo queda
quedar sólo.

Jugar a nada,
eso es todo.


martes, 5 de enero de 2010

El niño yuntero

Sin mirar hacia atrás, por si acaso,
la lluvia desliza entre los hombros
un rasgante asedio de banalidades
que agrupan en su eco un hedor
tan inconsútil cómo inefable.

No hay viento en noches como estas
siquiera vuelve sobre sí mismo
el recoveco aquél en que figuraba
el pendón insaciado de lo cámbrico
que fructificaba incondicionado por el uso.

domingo, 3 de enero de 2010

Hoy no estoy para muchas cosas...

RIMA LXXIII


Cerraron sus ojos

que aún tenía abiertos,

taparon su cara

con un blanco lienzo,

y unos sollozando,

otros en silencio,

de la triste alcoba

todos se salieron.



La luz que en un vaso

ardía en el suelo,

al muro arrojaba

la sombra del lecho;

y entre aquella sombra

veíase a intérvalos

dibujarse rígida

la forma del cuerpo.



Despertaba el día,

y, a su albor primero,

con sus mil rüidos

despertaba el pueblo.

Ante aquel contraste

de vida y misterio,

de luz y tinieblas,

yo pensé un momento:



—¡Dios mío, qué solos

se quedan los muertos!



*



De la casa, en hombros,

lleváronla al templo

y en una capilla

dejaron el féretro.

Allí rodearon

sus pálidos restos

de amarillas velas

y de paños negros.



Al dar de las Ánimas

el toque postrero,

acabó una vieja

sus últimos rezos,

cruzó la ancha nave,

las puertas gimieron,

y el santo recinto

quedóse desierto.



De un reloj se oía

compasado el péndulo,

y de algunos cirios

el chisporroteo.

Tan medroso y triste,

tan oscuro y yerto

todo se encontraba

que pensé un momento:



¡Dios mío, qué solos

se quedan los muertos!



*



De la alta campana

la lengua de hierro

le dio volteando

su adiós lastimero.

El luto en las ropas,

amigos y deudos

cruzaron en fila

formando el cortejo.



Del último asilo,

oscuro y estrecho,

abrió la piqueta

el nicho a un extremo.

Allí la acostaron,

tapiáronle luego,

y con un saludo

despidióse el duelo.



La piqueta al hombro

el sepulturero,

cantando entre dientes,

se perdió a lo lejos.

La noche se entraba,

el sol se había puesto:

perdido en las sombras

yo pensé un momento:



¡Dios mío, qué solos

se quedan los muertos!



*



En las largas noches

del helado invierno,

cuando las maderas

crujir hace el viento

y azota los vidrios

el fuerte aguacero,

de la pobre niña

a veces me acuerdo.



Allí cae la lluvia

con un son eterno;

allí la combate

el soplo del cierzo.

Del húmedo muro

tendida en el hueco,

¡acaso de frío

se hielan sus huesos...!



*



¿Vuelve el polvo al polvo?

¿Vuela el alma al cielo?

¿Todo es sin espíritu,

podredumbre y cieno?

No sé; pero hay algo

que explicar no puedo,

algo que repugna

aunque es fuerza hacerlo,

el dejar tan tristes,

tan solos los muertos.


Gustavo Adolfo Bécquer



Al ver mis horas de fiebre


e insomnio lentas pasar,

a la orilla de mi lecho

¿quién se sentará?

Cuando la trémula mano

tienda, próxima a expirar,

buscando una mano amiga,

¿quién la estrechará?

Cuando la muerte vidrie

de mis ojos el cristal,

mis párpados aun abiertos

¿quién los cerrará?

Cuando la campana suene

(si suena en mi funeral)

una oración, al oírla,

¿quién murmurará?

Cuando mis pálidos restos

oprima la tierra ya,

sobre la olvidada fosa

¿quién vendrá a llorar?

¿Quién, en fin, al otro día,

cuando el sol vuelva a brillar,

de que pasé por el mundo,

quién se acordará?

Gustavo Adolfo Bécquer

viernes, 1 de enero de 2010

Blackest night

Al final cae el telón y el cartón piedra
se amontona súbito
creando poso.
No hay otra cosa:
Un poco de precinto,
una barba de algodón,
una sonrisa pasajera:
Eso soy yo.
Más allá de ésto
¿Qué me queda?
¿Las piernas cruzadas,
los brazos apretados,
la obsolescencia por sistema,
las manos rotas de culpa,
la mirada ya nunca límpida,
fija
únicamente en la ´caída?
¿Imaginar el pasado que fue,
no el que pudo,
lo divergente
de éste momento único,
de aquél momento único
en que busqué el final
dónde no correspondía
y no saber ya
hacer otra cosa?

Y ahora
lo que queda
si es que queda algo:
Un hilo de lana
tan exiguo,
un presente
en otra parte,
no sé dónde.
Miro al cielo.
Miro al suelo.
Reflejos a reflejos
cenizas a cenizas
nada detrás
nada delante.
Un día más.
Otro igual.